En la nave...
Un sentimiento de nostalgia extraña junto a sensaciones de incertidumbre nos golpeaban a todos. Esa era mi intuición de aquel momento, pero que me era muy difícil hacerla comprobable preguntando a mis compañeros de viaje. Era una verdadera lástima que no pudiéramos tener todos los allí presentes, las mismas facultades físicas para comunicarnos de manera fácil y espontánea.
Mis colegas de nave eran Grises; yo era un Akmirah -un Gris "especial" - de una configuración diferente; más evolucionada que la de ellos-.
¿Quién nos "colocó" a los nueve integrantes de aquella misión en la misma nave, y por qué? Esa era una pregunta que todos nos hacíamos y que nadie se atrevía a lanzarla a coloquio ni a cuestionarla.
Sí; puede que las "tablillas"; aquellas tablas de códigos encriptados que presidían la estancia principal de la nave, junto al cuadro de mandos y direcciones estelares, fueran la clave de toda la explicación del proceso y transmitieran el motivo claro del viaje. Aquellos códigos no eran legibles por nosotros, aunque sí eran "intuidos" (es muy difícil convertir en texto escrito esta cuestión, ya que era una condición física incrustada en nuestros respectivos ADN el poder "intuir" ciertas reglas pero no poder interpretarlas claramente; no poder trasladarlas a algún lenguaje práctico. Tal facultad era una cualidad exclusiva de nuestra raza y sus variantes).
Yo procedía del planeta Akmirah, que daba su nombre también a los individuos procedentes del mismo. Los restantes ocho componentes de la nave eran Grises "básicos" y, aunque procedentes de otros planetas diferentes al mío, nos unían varios factores raíz comunes.
No había ninguna rivalidad entre miembros, aun sabiendo ellos que yo procedía de otro planeta. Mis compañeros sabían perfectamente que yo estaba dotado de facultades superiores para la cognición, y respetaban absolutamente mi "diferencia". El apoyo entre todos era grande y respetuoso en todo momento e incluso compartíamos juntos los momentos de ocio de que disponíamos.
En aquella nave, en aquel viaje extraño, no había un jefe superior "físico" que nos comandara, todo estaba programado de antemano, aunque sí se sabía por parte de todos que las decisiones a tomar para ciertos "movimientos de responsabilidad" me tocaban a mi.
Podría decir que reinaba un ambiente de camaradería y hermandad, sin ningún individuo capaz de provocar ningún altercado o cambio de opinión; tales eran nuestras "programaciones internas" (se les podría llamar también "implantes").
Cada quien ejercitaba su rol y la mayoría de intercambios de trabajo los hacíamos mediante telepatía, que era mucho más rápido y se gastaba menos energía que usando el lenguaje común a nuestra raza "madre".
Todos sabíamos que, cuando llegara el momento final del "aterrizaje", el único miembro que abandonaría la nave sería yo. Mis ocho compañeros restantes sabían que, llegado aquel momento, su papel sería el de "mero acompañamiento" y "dar fe" de los acontecimientos finales y ulterior regreso al planeta de origen...sin mi.

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